miércoles, 21 de mayo de 2014

Hinchas electorales

Fui por primera vez al estadio a ver un partido de fútbol en el año 2002 durante mis años en la ciudad de Barcelona, y además del impresionante tamaño del Camp Nou, las luces, y el terrible partido que jugó el Barça (fue en el año 2002, probablemente en el peor momento en la historia del club), guardo un recuerdo muy vívido de un hincha acalorado que tuve sentado al lado mío durante toda la contienda. A pesar de la grandísima distancia que nos separaba de los jugadores, y de la incapacidad de ver las repeticiones de las jugadas (yo estaba acostumbrado a ver fútbol por televisión), este señor se levantaba airoso de su silla ante cualquier movimiento dudoso que había y se desvivía en insultos de todo tipo hacia el equipo contrincante. Me preguntaba si a lo mejor el hombre tenía vista biónica o súper poderes telepáticos (yo en la lejanía solo veía algunas hormigas detrás de una pelota), e incrédulo presenciaba la claridad con la que este señor sabía si el gol había sido válido o inválido, o si la falta había sido una patada en el tobillo y no un resbalón accidental. Daba igual: cada vez que al Barça le quitaban la pelota o el arbitro pitaba cualquier cosa en contra, este señor se enfurecía y se levantaba a cantarle a todos los jugadores del equipo contrincante de qué se iban a morir ellos, todos sus familiares y todos sus descendientes.

Y luego resulta que este mismo personaje además de ir al estadio, vota.

Nuestro sistema democrático desafortunadamente se nutre, al igual que los partidos de fútbol, de nuestra precaria necesidad de escoger un bando. Es muy poca la gente que puede y esta dispuesta a tomarse el tiempo de sentarse a leer a conciencia los programas de gobierno de cinco o seis candidatos, y todavía menos quienes están en capacidad de entenderlos. Y como arriba (mucho más arriba) de nuestra capacidad de análisis esta nuestra capacidad de compromiso, la contienda política se convierte en un partido de fútbol de hinchas enardecidos que no alcanzan a distinguir ni las caras de los jugadores pero que están dispuestos a todo con tal de mostrar su apoyo incondicional. Una hora y media de insultos de un hincha bruto y pre programado equivalen a casi todos los comentarios que uno lee en los periódicos y en las redes sociales, y las pinturas en la cara y los uniformes de los hinchas en el estadio se parecen al atuendo con que se ve a la gente que asiste a los discursos promocionales televisados de su candidato, vestidos hasta al dedo gordo del pie con los colores de su partido (eso sin contar la gorra, el globito y el abanico) y acompañando con gritos eufóricos y banderas al aire cada intervención de su héroe de turno.

La mayoría de la gente tiene que trabajar muy duro todos los días, y es poco el tiempo y la energía (por no hablar de la capacidad, sobretodo en un país que actualmente ocupa el último lugar en las pruebas PISA) que podemos dedicarle a realmente pensar en quiénes queremos que nos gobiernen; resulta mucho más fácil hacerse hincha de algún candidato y salir a defenderlo a ciegas contra viento y marea incluso desde un lejanísimo gallinero. El problema es que al hincha le dura la felicidad o la tristeza del partido lo que dura el camino a su casa, mientras que el político sube y se queda durante cuatro años decidiendo sobre la plata, los recursos, los derechos y las vidas de todos nosotros.


Lo bueno es que tenemos rato para seguir abucheando y vanagloriando a nuestros equipos hasta final de junio: justo después de las elecciones arranca el mundial.




lunes, 12 de mayo de 2014

La isla de tus sueños

Esta semana leí que Estados Unidos produce anualmente 50 billones (BILLONES!) de botellas de plástico de las cuales sólo el 15% son recicladas, y que en el Océano Pacífico hay una isla flotante de basura (para algunos el “séptimo continente”) cuyo tamaño supera al de Francia, Portugal y España juntos. Pero por supuesto!!!! O a dónde carajos pensamos que van a parar las 30 botellas de plástico que compramos para el camerino de los músicos, los 70 platos de plástico que compramos para usar una vez y no tener que lavar después de la reunión familiar, las 30 bolsas que gastamos en la compra del súper mercado (y todos los envoltorios de la mayoría de los productos que venían en ellas!), los pitillos que le damos al niño para que muerda y se entretenga un rato en la fila del McDonalds, los paquetes de papas, los vasos de plástico del avión, los cubiertos de plástico, los, los, los, los!!! Este maldito sistema consumista nos tiene a todos embrutecidos pensando que las cosas aparecen cuando las compramos en el súper mercado y desaparecen cuando las tiramos a la basura. A ver hasta cuando nos dura esto si seguimos todos creyendo que tenemos un planeta de repuesto a la vuelta de la esquina!!! http://diario16.pe/noticia/47024-el-septimo-continente-es-plastico

sábado, 29 de marzo de 2014

Entre la espada y la pared


Qué orgullo, acabo de ver algunas fotos de lo linda que quedó la calle 26 en Bogotá después de la genial intervención de la policía. Toda una obra maestra: taparon todo con un gris cálido que realza el gris cálido de los grises y cálidos edificios, al mismo tiempo que le hace juego a la cálida y gris polución que cobija nuestra gris ciudad. Qué inspirador ver la genialidad con la que nuestros políticos se comunican con a su gente a través del espacio público, y qué lindo ver que no solo es en época de elecciones cuando le dan rienda suelta a su creatividad para tapizar las paredes de basura!

Y ya que no le puedo tomar fotos a los dibujos que criminalmente taparon en la 26, les comparto algunos de los grafitis con los que me deleité en febrero aquí en Nueva York, cada vez que salía del estudio en Brooklyn mientras mezclábamos el Cd de Marta. Es verdad que el gris queda muy lindo, pero yo propondría una buena asesoría a nuestros dirigentes bogotanos en expresión y arte urbano, y a la policía en temas prioritarios por resolver! 

pd: por cierto, los graffitis los encuentran en Bushwick (Brooklyn, NY), en la parada de la línea L de metro “Jefferson St”


































domingo, 16 de febrero de 2014

Nivelar por lo alto


Si alguien me encuestara acerca de lo que menos me gusta del invierno, probablemente mi respuesta no estaría dentro de las posibles respuestas de opción múltiple. Por los inviernos que pasé en Boston y los otros tantos que he pasado en Nueva York, puedo decir que la nieve (a pesar de que puede llegar a ser molesta), me sigue pareciendo un fenómeno muy bonito que como nativo ecuatorial que soy no me he cansado de contemplar. En el mes de febrero el día oscurece alrededor de las 5.30pm, pero finalmente es sólo una hora más temprano que en Bogotá y por lo tanto tampoco llega a ser una gran molestia para mí (aparte es una buena excusa para levantarme más temprano).  Mientras la temperatura no baje de 5 grados bajo cero, el frío me parece soportable y hasta me gusta la sensación del viento helado pegándome en la cara, y cuando hace mucho frío pero el día está despejado y soleado me encanta caminar por la calle. 

Así que dudo mucho que mi respuesta hiciera parte del cuestionario: a mí lo que más me molesta del invierno es el calor. Mientras escribo esto estoy en un cuarto con una calefacción central (igual que en todas las casas en las que he estado en invierno por estas latitudes), y calcularía yo que aquí adentro debemos estar a unos 30 grados centígrados. Saben la sensación de calor que uno tiene cuando abre el horno para sacar la lasaña? Pues eso mismo se siente aquí, pero todo el tiempo. Absurdamente los apartamentos cuentan con un sistema de calefacción central -que por supuesto no se puede controlar individualmente-, y al parecer entre más frío hace afuera más se calientan las calderas. La opción más obvia es abrir la ventana, el problema es que el hilito de viento a -10 grados no se acaba de mezclar con el horno a 30 grados, y acaba siendo una sensación bipolar en el que por un lado uno tiene la espalda hirviendo y por el otro la punta de la nariz congelada.  

Vista desde el cuarto en el que me estoy asando en Brooklyn.
Cinco días en una habitación con calefacción central bastan para que uno tenga dolor de cabeza todo el tiempo, la piel de los codos y las intersecciones en los dedos descascarándose, y la garganta al despertarse más seca que si uno se hubiese tragado diez yemas de huevo duro con galletas Saltinas. Diría yo que un bebé de tres meses en condiciones de temperatura normales, tiene más posibilidades de pasar la noche derecho que un adulto en este calor ultra seco escuchando la sinfonía que interpreta la orquesta nocturna de la calefacción central toda la noche! En mis años bostonianos creo que no había una sola noche entre noviembre y marzo en la que en varios momentos no me despertara el que me imaginaba ser un duende martillando con todas sus fuerzas el tubo de la calefacción, o el sonido del agua hirviendo pasando por la tubería amenazando con salirse y derretir todo a su paso.

Soy yo, o es un completo absurdo que en los meses más fríos del año el problema sea el calor? Aquí el concepto del ‘Ying-yang’ se lo tomaron demasiado a pecho: si afuera hace menos 30 grados no te preocupes, que para compensar te vamos a subir la temperatura del cuarto a 30 grados para que te quedes tranquilo. En todo caso yo preferiría ponerme tres pares de medias y un buen abrigo a tener que comprar un humificador para no acabar como una serpiente cambiando de piel cada semana (aparte de no sentir que estoy contribuyendo a este descomunal desperdicio de energía!).

Y para completar el cuento: una buena amiga que trabajaba cerca de Times Square hace un par de años me contó algo que me resultaba (y me resulta) realmente difícil de creer. En los meses más calurosos del año (de junio a agosto), la empresa en la que ella trabajaba muy gentilmente le daba a todos sus empleados un aparato que instalaban al lado de sus respectivos cubículos; estoy seguro que si les preguntara qué aparato creen ustedes que era, jamás lo adivinarían.

Un ventilador? No. Una hielera? No. Un abanico eléctrico? No.

Un calentador.

(así de absurdamente alto ponían el aire acondicionado en el edificio!!!)






  

jueves, 13 de febrero de 2014

El dibujo del milenio

Mi mamá nos levantó como a las 8am para ver si queríamos ir al concurso anual de pintura rápida que se llevaba a cabo en Sant Cugat. Mi hermana se había ganado el concurso el año anterior, y nos había parecido chévere la idea de ir a participar. Yo dudé bastante si levantarme ese domingo de la cama para ir a dibujar no sé qué, con no sé qué materiales, pero finalmente me animé y agarré una cartulina, unos colores de agua que tenía, un rapidógrafo y unos lápices, y con mi hermano y mi mamá nos fuimos al pueblo a pasar la mañana pintando al aire libre. Ese año se celebraba el mileniario del monasterio del pueblo (construido en el año 1002), y por lo tanto éste sería el tema central del concurso de ese año. Cuando llegamos a la plaza vimos que ya había muchos artistas comenzando a preparar sus lienzos para hacer sus rendiciones del monasterio milenario, y  sólo ver lo poco que algunos habían alcanzado a dibujar en poco tiempo fue suficiente para que entendieramos que estábamos completamente fuera de lugar. Algunos tenían lienzos gigantes, y una paleta enorme para mezclar sus óleos, con lo cual no era para menos sentirse completamente ridículo con una cartulina mal cortada y unos colores de agua debajo del brazo.

Me senté en una banca que encontré frente al monasterio, y apoyando la cartulina contra unas revistas que me traje de la casa comencé a dibujar una caricaturesca versión del monasterio. Dentro del mismo dibujo hice pequeños paisajes con árboles en diferentes momentos del día, que fui camuflando adentro de las líneas del monasterio; después de unas tres horas tenía en mis manos un dibujo bastante surreal y colorido de un monasterio con aires orientales y paisajes diminutos sin sentido. 

Entregamos nuestros dibujos en una carpa, y alcanzamos a ver apoyados en una pared algunos de los cuadros gigantes que ya habían terminado algunos de los concursantes: había que venir por la noche a la exhibición porque muchos eran realmente impresionantes. Volvimos a la casa para almorzar y pasar el resto del día terminando unos trabajos para la universidad, y a las 6pm volvimos a la plaza para la premiación y posterior exhibición de los cuadros.

Habían habilitado una zona del museo del monasterio para el evento, y habría unas 200 personas sentadas cuando llegamos. Cámaras de televisión rodeaban una tarima enorme en frente de los asistentes, y unos focos de luz enormes alumbraban la tarima haciendo parecer que estaba por comenzar un concierto. El público se quedó en silencio cuando salió a la tarima la directora del Centro Cultural de Sant Cugat, quien en un discurso en catalán agradeció a todos los participantes y patrocinadores del evento, y que luego habló un poco sobre la importancia histórica que el monasterio había tenido en la zona. Se retiró ante los aplausos de los asistentes, y le siguió un señor de barba que se puso frente a un atril en el que puso algunos papeles.

La premiación iba a empezar, y el señor sacó un sobre de una carpeta y leyó: “El primer premi del 14è Concurs de Pintura Rápida va para el Joan Andrés”. La gente aplaudió, pero nadie pasó al frente. Siguieron unos segundos de silencio, y mientras tanto al igual que el resto nosotros esperábamos con mi hermano, mis hermanas y mis papás al ganador para aplaudirlo. “Quina llàstima que el Joan no estigui per aquí” (“qué lástima que el Juan no esté por aquí), dijo.  Los segundos siguieron pasando, acompañados por un silencio incómodo. “Algú que conegui al Joan Andrés?” (alguien que conozca al Joan Andrés?), volvió a preguntar. La sala siguió en silencio, y mientras esperábamos mi hermana Silvia me dijo “Oiga no será que es usted?”. “No, estás loca”, respondí. “No sé… asómese y pregunte!” “Pero no, no puede s…” Silvia me empujó y siguiendo el impulso me acerqué a la tarima (para quienes no saben, Joan en catalán se pronuncia ‘yuan’, y Andrés es un apellido bastante común en España, con lo cual Joan Andrés estaba bastante lejos de mi nombre completo). 

Me acerqué al borde de la tarima, y susurrando le dije a una señora que estaba sentada al lado del atril donde estaban hacienda la premiación: “Joan Andrés? No creo que sea yo, pero sólo por si acaso yo me llamo Juan Andrés Ospina”. La señora se fijó en la lista que tenía en la mano y me dijo “Si sí hijo eres tú, ven, pasa!”. 

Subí por unas escaleras y entré a la tarima muy confundido. En seguida me alumbraron con un foco muy fuerte y la gente comenzó a aplaudir, yo desde arriba incrédulo le hacía caras a mis hermanos: tenía que ser un error. Me hicieron pasar frente a tres personas que estaban sentadas en la tarima, y sin quitarme la cara de risa incrédula a los tres les di la mano mientras me entregaban una plaqueta y un sobre. Me bajé de la tarima riéndome, y convencido de que tenía que ser un error: no podía mi caricatura del monasterio haberle ganado a ninguno de los cuadros hiperrealistas al óleo que habían pintado los artistas que había visto por la mañana. Para completar el absurdo de la situación bajé de la tarima en medio de los aplausos y abrí el sobre blanco, del cual saqué un cheque por trescientos cincuenta euros.

Volví con mi plaqueta a donde estaban mis papás, y el evento continuó. “Segona Categoría: aquarel·les. El premi es per…” Entonces hay diferentes categorías, pensé. Yo no tenía ni idea de nada y pensaba que sólo había un premio: efectivamente habría tenido que ser un error de haber sido yo el ganador único del concurso. Revisé el programa, y encontré que había una categoría titulada “Premio Cartel”, en el cual escogían uno de los dibujos para aparecer en los posters del concurso del año siguiente, y trescientos cincuenta euros. Así que bueno, desde luego no le había ganado a los profesionales que había visto por la mañana, pero efectivamente me había ganado un premio y una plata que no me podía llegar en mejor momento.

Ya había sido bastante simpático e increíbe el episodio, pero la noche seguía con sorpresas. El señor de barba siguió pasando fichas, y después de premiar tres o cuatro categorías más dijo: “El primer premi en la categoria de llapis i carbonet és per Nicolás Ospina”. Con Silvia soltamos una carcajada, y Nicolás pasó adelante a la tarima entre aplausos a recibir una plaqueta y una caja muy profesional de carboncillos.

La premiación terminó y entramos a un salón en el que estaban exhibiendo todos los cuadros. Realmente había unos que eran impresionantes, y el que ganó el premio más importante era una verdadera obra maestra. Mientras me tomaba una champaña fui viendo los cuadros, y cuando pasé por el de Nicolás me llamó la atención la conversación que estaba teniendo una de las jurado con una amiga “De este nos gustó mucho la sensación de que el campanario está en las nubes”, dijo, y yo volví a sonreir mientras las seguía viendo analizar el dibujo de Nicolás.*

Durante algunos días pasaron por la televisión local escenas del concurso, y lo primero que salía en la nota televisiva era yo pasando a la tarima con cara de imbécil a recibir una plaqueta mientras incrédulo le daba la mano a una gente que nunca supe quienes eran. Nicolás usó un par de veces los carboncillos que se ganó y luego los abandonó a su suerte, y yo ahorré los trescientos cincuenta euros y orgulloso puse la plaqueta en una repisa en mi cuarto. Un par de veces volví a la Casa de Cultura para ver si podía volver a ver mi dibujo, pero nunca lograron decirme dónde había ido a parar. Efectivamente salió en miniatura al año siguiente en el poster del Concurso de Pintura Rápida de Sant Cugat 2003, y eso lo debo tener guardado en alguna caja en el depósito en el que están mis cosas desde el año 2007.


*Nicolás se pasó tres horas dibujando el campanario del monasterio, y no porque quisiera dibujar sólo esa parte sino porque no alcanzó a hacer nada más. Se había empecinado en dibujar hasta el último detallito, y por eso cuando llegó la hora de entregar los cuadros él sólo había completado un 15% del dibujo. Encima, dada su poca técnica, fue ensuciando el resto de la cartulina blanca con su palma untada de la mina del lápiz, lo que la jurado interpretó como nubes perdidas en la altura. 

Priceless.




domingo, 2 de febrero de 2014

Oda a los créditos finales

Recuerdo que hace como 12 años, a pocas semanas de haber llegado a vivir a Barcelona, fuimos por primera vez a cine en esta ciudad con mi hermano y un amigo. Nos sentamos en la mitad de una de las filas de asientos, y desde ahí vimos una película francesa de la que no me acuerdo del nombre. Cuando terminó la película me puse de pié para salir, pero al ver que nadie se movía de su silla me volví a sentar. Impaciente volví a ponerme de pié después de unos segundos, pero la gente seguía ahí pasmada desde sus asientos mirando los créditos de la película que iban rodando junto al tema principal musical. “Qué carajos pasa! porqué no sale nadie y no prenden la luz!”, pensé. Repetí la misma opreración dos o tres veces -cada vez más estresado-, pero al ver que nadie se movía no tuve más remedio que desistir y quedarme sentado contemplando los créditos finales y esperando a que encendieran las luces, con lo cual no sólo pude disfrutar un rato más de la música sinfónica que me acompañó durante la película, sino que logré una transición más serena de dos horas de abstracción de mi vida cotidiana a la salida del teatro junto a todo el mundo.

Yo venía acostumbrado al cine en Bogotá, en donde no sólo iluminan los letreros de la salida diez minutos antes del final, sino que escupen a la gente de la sala prendiendo las luces incluso antes de que termine por completo la película; ese día entendí que esos minutos de silencio del final de la película, y de permanecer un rato reflexionando, disfrutando de la música de la película, pensando o simplemente haciendo una transición más amable al mundo real, eran casi tan importantes para mí como la misma película. Y así como las mamás les dicen a sus hijos que no salgan de la casa sin abrigarse para que el cambio de clima no sea muy brusco, los teatros de cine siempre deberían dejar a la audiencia tomarse unos minutos para recomponerse antes de salir nuevamente a las brillantes luces del centro comercial o a algún parqueadero insípido!

Pasar tres horas con un alcohólico drogadicto con sida que está intentando poner la pelea para que le dejen entrar al país la medicina que necesita para poder vivir (y que está prohibida por las farmacéuticas y el gobierno), y no tener ni treinta segundos para digerir todo ese voltaje emocional por tener las luces encendidas antes de tiempo y a algún pesado al lado presionando para que uno salga de la sala, no es precisamente un final feliz para mí. 

El ajetreo y el afán de la ciudad no son materia exclusiva de los trancones.

pd: recomiendo ver la película “Dallas Buyers Club”



lunes, 25 de noviembre de 2013

El regalo de la música

“Y en qué más anda?”, me preguntó.
“Bueno, tengo varios proyectos... uno es con una cantante portuguesa increíble que se llama Sofia Ribeiro. Hicimos un CD juntos para el que hice todos los arreglos y la producción. Si quiere métase en mi página y le muestro un poco.”
“Wow está buenísimo, felicitaciones!”
“Me alegra mucho que le guste, lástima que no tengo un CD aquí para que lo pudiera oir todo”.
“Ah no fresco... más bien venga buscamos algún crack para bajarlo”.

Me quedé mirándolo medio confundido mientras él buscaba el dichoso crack (que no encontró, supongo que no somos tan famosos ni comerciales como para ya tener copias en el mundo de los hackers). Yo había incluso pensado en la posibilidad de regalarle un disco, pero aparentemente él ya había asumido que lo iba a conseguir gratis de todas maneras. Y sin el más mínimo reparo, me dice en mi cara que no me preocupe por llevarle uno, que él se lo va a “crackear”. Más raro aún siendo él mismo un artista; quizá no le habría caído muy bien, cuando me dijo que tenía una exposición pronto, que yo le respondiera que muchas gracias pero que no se preocupara por invitarme porque ya había encontrado a alguien que estaba exponiendo sus cuadros gratis en otro lado!

Esta ecuación es realmente jodida: grabar sigue siendo carísimo, y hacerlo supone un esfuerzo mental y físico enorme. Sin embargo la música hoy en día está asumida como una especie de ganga perpetua, un regalo de la vida por el cual no hay que invertir un centavo. Cualquiera pensaría que la solución sería no lanzarse en la bancarrota que suele suponer grabar un disco, pero el problema es que si uno como músico compositor no graba entonces muy probablemente se estanque profesionalmente. Pero si uno graba y no recupera la plata muy probablemente tampoco pueda hacerle publicidad al CD que grabó, ni mucho menos pensar en hacer uno nuevo (con lo cual no sólo uno acaba estancado igualmente, sino quebrado!). El perro que se muerde la cola, y miles de cajas llenas de cientos de miles de CDs sin abrir en las bodegas de quienes nos animamos a lanzarnos en este absurdo.

Sé que hay muchísimas maneras diferentes de promover la música hoy en día, pero cuando uno está charlando con alguien que también tiene una profesión creativa y que le dice a uno en su cara que no se preocupe por traerle un CD porque él se lo va a crackear, es porque de verdad hemos llegado a una desconección absoluta entre lo que es el proceso de grabar musica y el oyente (que además resulta para quienes estamos metidos en esto en un inevitable impulso de tirar la toalla).

Pero como obviamente quienes hacemos esto probablemente lo último que vamos a hacer es tirar la toalla, queda al menos la idea de educar a algunos sobre cómo detrás de cada canción que oyen hay un esfuerzo enorme de alguien que quizo traer esa música al mundo a pesar de tener todas las de perder. Así que nada, si entre sus aficiones musicales tienen uno que otro músico independiente, y quieren que puedan seguir haciendo discos, por favor gástense los diez dolaritos que vale el CD (y si se lo van a ‘crackear’, al menos procuren disimular un poco!).


sábado, 23 de noviembre de 2013

Feliz día del músico!

Muchos de los que estamos metidos en esta profesión le estamos apostando a algo bien complicado: vivir de algo que a uno le gusta, pero que nadie le ha pedido. A partir de ahí nos decidimos meter en esta pirámide económica en la cual nadie sabe exactamente dónde cabemos nosotros (de hecho nunca he rellenado un formulario en el que en las profesiones a seleccionar se encuentre la de músico), y la vida se convierte en una constante búsqueda de espacios en los que uno pueda seguir alimentando ese espíritu que pide seguir estudiando, aprendiendo, componiendo y expresándose, con la necesidad de ganarse la vida. He conocido músicos que contra viento y marea siguen rebuscándose para poder seguir haciendo eso que nadie les ha pedido, teniendo que lidiar constantemente con la incomprensión de un sistema ultra práctico en el que muchas veces algo tan etéreo como el arte no tiene cabida. Lo que hacemos es abstracto y el éxito económico es una especie de lotería en la que intervienen miles de factores que muchas veces poco o nada tienen que ver con la música. Se necesita mucho empuje, algo de obsesión y unas ganas casi incontrolables de seguir haciendo música para que uno logre navegar en esta ola tan complicada de surfear. A quienes entienden perfectamente de lo que estoy hablando, y que en este momento tienen algún acorde en la cabeza que no ven la hora de sentarse en el piano para poder descifrar: feliz día del músico!

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Ensaladas radioactivas

En el avión de Nueva York a Bogotá me dio por leer los ingredientes de un "dressing" que venía en un frasquito diminuto y que nos dieron para poner en una incípida ensalada (y que preferí comerme sin nada). Parecería que el señor que inventó la receta metió en la olla absolutamente todo lo que encontró en su despensa (y en el laboratorio de algún amigo), y finalmente dio con el sabor ultraespecífico que buscaba. La salsita solamente tiene:

Water, soybean oil, imitation sour cream, hydrogenated palm kernel oil, buttermilk powder, corn syrup, sodium casenate, mono and digylcerides, gelatin, modified food starch, sodium citrate, guar gum, salt, potassium, sorbate, starter distillate and culture (hasta cultura tiene la pinche salsa!), buttermilk, vinegar, egg yolk, disodium inosinate and disodium guanylate, sugar, maltodextrin, spice, delta lactone as a preservative, xantham gum, less than 0,1% sodium benzoate added as a preservative (aquí discrepo un poco, con 0,3% queda un poquito más rica), onion, garlic, and calcium disodium e.d.t.a added to protect flavors (obvio, nada como mantener los sabores frescos con el tradicional calcium disodium).

Mis respetos al rebuscado paladar del fabricante de tan radioactivo dressing, pero yo me quedo mil veces un chorrito de aceite de oliva.

 

sábado, 2 de noviembre de 2013

Esclavos y cowboys

Hace rato no me impactaba tanto una película como “12 Years a Slave”. Anoche me fui a dormir entre agradecido con la fortuna que tengo de ser libre, el interés de querer aprender más sobre el contexto, el alma arrugada pensando en los millones de casos similares que habrá detrás de los datos históricos de Wikipedia, la impresionante fotografía y las fuertísimas imagenes de la película, y la escena ridícula del tipo semi-desnudo que vimos en el metro volviendo a la casa disfrazado de “naked cowboy” (al menos eso estaba escrito en sus calzoncillos, sus botas, su sombrero y su guitarra), y de la señora burlona que lo criticó todo el viaje con sus amigas diciéndole que ya no era Halloween y diciéndole a sus hijitos que le bajaran los calzoncillos (cosa que efectivamente hicieron). La primera película se las ultra recomiendo (pero prepárense para un post-peliculatorio traumático); la segunda podría ser el guión de una película de humor barato a la que yo le pondría “Dar papaya”, y a la que no iría jamás (más barato y divertido comprar un tiquete de metro en Nueva York). Feliz fin de semana.