domingo, 2 de febrero de 2014

Oda a los créditos finales

Recuerdo que hace como 12 años, a pocas semanas de haber llegado a vivir a Barcelona, fuimos por primera vez a cine en esta ciudad con mi hermano y un amigo. Nos sentamos en la mitad de una de las filas de asientos, y desde ahí vimos una película francesa de la que no me acuerdo del nombre. Cuando terminó la película me puse de pié para salir, pero al ver que nadie se movía de su silla me volví a sentar. Impaciente volví a ponerme de pié después de unos segundos, pero la gente seguía ahí pasmada desde sus asientos mirando los créditos de la película que iban rodando junto al tema principal musical. “Qué carajos pasa! porqué no sale nadie y no prenden la luz!”, pensé. Repetí la misma opreración dos o tres veces -cada vez más estresado-, pero al ver que nadie se movía no tuve más remedio que desistir y quedarme sentado contemplando los créditos finales y esperando a que encendieran las luces, con lo cual no sólo pude disfrutar un rato más de la música sinfónica que me acompañó durante la película, sino que logré una transición más serena de dos horas de abstracción de mi vida cotidiana a la salida del teatro junto a todo el mundo.

Yo venía acostumbrado al cine en Bogotá, en donde no sólo iluminan los letreros de la salida diez minutos antes del final, sino que escupen a la gente de la sala prendiendo las luces incluso antes de que termine por completo la película; ese día entendí que esos minutos de silencio del final de la película, y de permanecer un rato reflexionando, disfrutando de la música de la película, pensando o simplemente haciendo una transición más amable al mundo real, eran casi tan importantes para mí como la misma película. Y así como las mamás les dicen a sus hijos que no salgan de la casa sin abrigarse para que el cambio de clima no sea muy brusco, los teatros de cine siempre deberían dejar a la audiencia tomarse unos minutos para recomponerse antes de salir nuevamente a las brillantes luces del centro comercial o a algún parqueadero insípido!

Pasar tres horas con un alcohólico drogadicto con sida que está intentando poner la pelea para que le dejen entrar al país la medicina que necesita para poder vivir (y que está prohibida por las farmacéuticas y el gobierno), y no tener ni treinta segundos para digerir todo ese voltaje emocional por tener las luces encendidas antes de tiempo y a algún pesado al lado presionando para que uno salga de la sala, no es precisamente un final feliz para mí. 

El ajetreo y el afán de la ciudad no son materia exclusiva de los trancones.

pd: recomiendo ver la película “Dallas Buyers Club”



1 comentario:

  1. Totalmente de acuerdo! Además, uno al final quiere ver el nombre de algún actor, o de quién es la música o alguna información adicional y es bueno tener la opción de hacerlo sin que te estén echando.

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