miércoles, 21 de mayo de 2014

Hinchas electorales

Fui por primera vez al estadio a ver un partido de fútbol en el año 2002 durante mis años en la ciudad de Barcelona, y además del impresionante tamaño del Camp Nou, las luces, y el terrible partido que jugó el Barça (fue en el año 2002, probablemente en el peor momento en la historia del club), guardo un recuerdo muy vívido de un hincha acalorado que tuve sentado al lado mío durante toda la contienda. A pesar de la grandísima distancia que nos separaba de los jugadores, y de la incapacidad de ver las repeticiones de las jugadas (yo estaba acostumbrado a ver fútbol por televisión), este señor se levantaba airoso de su silla ante cualquier movimiento dudoso que había y se desvivía en insultos de todo tipo hacia el equipo contrincante. Me preguntaba si a lo mejor el hombre tenía vista biónica o súper poderes telepáticos (yo en la lejanía solo veía algunas hormigas detrás de una pelota), e incrédulo presenciaba la claridad con la que este señor sabía si el gol había sido válido o inválido, o si la falta había sido una patada en el tobillo y no un resbalón accidental. Daba igual: cada vez que al Barça le quitaban la pelota o el arbitro pitaba cualquier cosa en contra, este señor se enfurecía y se levantaba a cantarle a todos los jugadores del equipo contrincante de qué se iban a morir ellos, todos sus familiares y todos sus descendientes.

Y luego resulta que este mismo personaje además de ir al estadio, vota.

Nuestro sistema democrático desafortunadamente se nutre, al igual que los partidos de fútbol, de nuestra precaria necesidad de escoger un bando. Es muy poca la gente que puede y esta dispuesta a tomarse el tiempo de sentarse a leer a conciencia los programas de gobierno de cinco o seis candidatos, y todavía menos quienes están en capacidad de entenderlos. Y como arriba (mucho más arriba) de nuestra capacidad de análisis esta nuestra capacidad de compromiso, la contienda política se convierte en un partido de fútbol de hinchas enardecidos que no alcanzan a distinguir ni las caras de los jugadores pero que están dispuestos a todo con tal de mostrar su apoyo incondicional. Una hora y media de insultos de un hincha bruto y pre programado equivalen a casi todos los comentarios que uno lee en los periódicos y en las redes sociales, y las pinturas en la cara y los uniformes de los hinchas en el estadio se parecen al atuendo con que se ve a la gente que asiste a los discursos promocionales televisados de su candidato, vestidos hasta al dedo gordo del pie con los colores de su partido (eso sin contar la gorra, el globito y el abanico) y acompañando con gritos eufóricos y banderas al aire cada intervención de su héroe de turno.

La mayoría de la gente tiene que trabajar muy duro todos los días, y es poco el tiempo y la energía (por no hablar de la capacidad, sobretodo en un país que actualmente ocupa el último lugar en las pruebas PISA) que podemos dedicarle a realmente pensar en quiénes queremos que nos gobiernen; resulta mucho más fácil hacerse hincha de algún candidato y salir a defenderlo a ciegas contra viento y marea incluso desde un lejanísimo gallinero. El problema es que al hincha le dura la felicidad o la tristeza del partido lo que dura el camino a su casa, mientras que el político sube y se queda durante cuatro años decidiendo sobre la plata, los recursos, los derechos y las vidas de todos nosotros.


Lo bueno es que tenemos rato para seguir abucheando y vanagloriando a nuestros equipos hasta final de junio: justo después de las elecciones arranca el mundial.




1 comentario:

  1. Juan Andrés, tu comentario es muy acertado y dentro del tono jocoso que tu le das es muy triste.

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